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Tribuna Política

 

NI CONFLICTO ARMADO, NI DELITO POLITICO

 

Por: Ebel Ricardo Solano Siciliano

ersss@yahoo.com

 

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isentir de la opinión de la contraparte y tener la posibilidad de argumentar es lo que caracteriza a una democracia, que a partir de ese ejercicio se construya entre todos una mejor sociedad, donde se respeten las diferencias, es lo que la hace grande y la convierte en el sistema político anhelado por la mayoría de los seres humanos.

 

En Colombia la constitución de 1991 permitió que se abrieran los espacios de participación, antes de ella, como antecedente de exclusión, yacía el Frente Nacional, un pacto para repartirse el poder, un arreglo malsano donde nadie distinto a los partidos políticos de siempre podía participar. A partir de la nueva carta magna, nuestro país es distinto, hoy la izquierda, que históricamente se ha considerado así misma relegada, y que de hecho lo fue, tiene un sitial de honor en el gobierno de los entes territoriales y aún en el cogobierno del país, desde el Congreso de la República. En ese marco, donde ahora todos tienen cabida, no tiene sentido continuar justificando la lucha armada como estrategia de lucha política, ni mucho menos, que alguien que goza de los beneficios de nuestro sistema democrático preste sus argumentos para defender la falacia de los terroristas.

 

Aquí, desde esta Tribuna, lo hemos manifestado en más de una oportunidad y no nos cansaremos de seguirlo haciendo: Los colombianos no podemos aceptar que ningún actor político, desde la orilla del pensamiento democrático en el que se encuentre, no repudie, de manera vehemente, el comportamiento irracional de quienes atentan con sus acciones contra el pueblo, sean de izquierda o de derecha. Así, la cosas, el país en este tema tiene que polarizarse y exigir que se alineen con la institucionalidad y sus mecanismos democráticos o lo hagan abiertamente y sin ambages retóricos con la delincuencia genocida.

 

El primer argumento que debemos esgrimir, los que estamos del lado de la institucionalidad, es que nuestro país no enfrenta un conflicto armado, sino una amenaza terrorista proveniente del narcotráfico. La diferencia entre aceptar el primer escenario o no, implica que con el primero se reviste de estatus político las acciones demenciales de los grupos “salvajes” que mancillan la dignidad del pueblo y con el segundo se les despoja, de tajo, de la posibilidad de amparar sus acciones contra la humanidad en la vaguedad que implica la figura del “delito político”.

 

La razón para sustentar el hecho de que los colombianos enfrentamos una amenaza narcoterrorista y no un conflicto armado, estriba en que la parte alzada en armas no ostenta la representación de un sector amplio de la población, sí así lo hicieran los caminos democráticos ya están construidos y el éxito del Polo Democrático Alternativo es prueba suficiente de ello, por lo que quedaría abolida, de facto, la estrategia armada. Un segundo argumento guarda estrecha relación con el primero y tiene que ver con que al quedarse sin piso argumental la lucha armada, deben buscarse las razones de su continuidad, necesariamente, en el medio que hace posible que se perpetúe, es decir, el narcotráfico; por lo que, de manera lógica, podremos inferir que ya no se trata de una guerra por granjearse espacios de participación en la democracia, sino en un mecanismo para defender su actividad delictiva. Siendo así las cosas, si a lo anterior sumamos los medios abiertamente terroristas que utilizan para hacerse notar y demostrar su fuerza _recordemos que el terrorismo es una sucesión de actos de violencia que se caracteriza por inducir terror en la población civil de forma premeditada_, habremos, desde todo punto de vista, culminado nuestra exposición argumental y podremos justificar abiertamente que vivimos una amenaza narcoterrorista.

 

Imbuidos ya, como estamos, en el convencimiento de que la figura de la amenaza narcoterrorista es la que mejor describe nuestra situación, no encuentra sentido discutir la relevancia del delito político, como herramienta de negociación; mucho menos, si tenemos presente que estamos inmersos en un mundo en el cual ya no se acepta la impunidad para los delitos de lesa humanidad.

 

Dejarnos meter el cuento que vivimos un conflicto armado, sería el principio, por medio del cual los amigos del “delito político”, aprovecharían para embarcarnos en un espiral de impunidad históricamente inaceptable y estratégicamente equivocado, por cuanto no nos conduciría a la reconciliación nacional. Mucho más equivocado, aún, si tratan de beneficiar sólo a las fuerzas de la extrema izquierda, como desde ahora argumentan, desconociendo la amplitud del delito de “lesa majestatis”, que ya para el Digesto, incluía acciones contra el pueblo o contra la seguridad pública, requisito que llenan de sobra las autodefensas y sino que le pregunten a sus víctimas.

 

Finalmente, el mensaje que queremos dejar es claro, pero aún lo haremos más diáfano para los que se nieguen a entenderlo: Ni para las fuerzas de la extrema izquierda, ni para las de derecha, la adopción del delito político como velo que tape las transgresiones cometidas contra la humanidad, es válido desde ningún punto de vista. La CPI no la va a permitir y nosotros los colombianos de bien no lo podemos aceptar. Muy distinto, en todo caso, lo planteado por  la controvertida ley de “Justicia, Verdad y Reparación” y sin embargo, dudamos de que sus resultados anulen la jurisdicción de los llamados a juicio de la Corte Penal Internacional, por algo ya los “Paras” desmovilizados están pensando en Estados Unidos como una vía para huirle a la acción de ese organismo multilateral. Como quien dice, en conclusión: Ni Conflicto Armado, ni Delito Político, ninguna de las dos figuras nos conviene. Todo sea por el bien de la nación.

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