Por: Manuel Malaver
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na prueba de que Venezuela retrocede “a paso de
perdedores” a convertirse en un país conservador y cuyo atraso político
empezará a medirse en siglos, la tuvimos el fin de semana pasado cuando,
mientras en Colombia y Argentina se celebraban comicios para elegir nuevas
autoridades legislativas y ejecutivas, en el país fundador de la democracia
sudamericana se le daban los últimos toques a una reforma constitucional que
establece la presidencia de vitalicia, el fin de la propiedad privada, una
economía hiperestatizada y un estado policial que
hará costoso discrepar o hacerse el indiferente ante las políticas oficiales.
O sea, una vuelta al pasado, con un país en marcha
acelerada a una dictadura de signo nuevo, la constitucional, que hace
exactamente lo que establece el modelo viejo, pero por ley.
Así por ejemplo, ya no tendremos, o cada vez se
harán más raras, fiestas democráticas como las que sucedieron el domingo en
Colombia y Argentina, y en las cuales -independientemente de que los actores
principales era partidos y políticos de inspiración izquierdista-, se demostró
que, tanto el país de Álvaro Uribe, como el de Cristina Fernández de Kirchner,
están definitivamente casados con las bondades de la democracia política y el
principio de que sus derechos deben ser “progresivos” y “no recesivos”.
Con la reforma constitucional propuesta por el
presidente Chávez, por el contrario, será difícil, sino imposible, que en las
próximas elecciones presidenciales haya otro candidato que no sea el actual
jefe de estado, ya que, con la disposición de la “reelección continua e
indefinida” (Art: 232), más la que establece el estado de excepción con
suspensión de garantías (Art: 337) el candidato-presidente, no solo podrá
decidir cuando habrá elecciones, sino en que condiciones se harán.
Otro asunto es que con un presidencialismo que
casi raya con el absolutismo monárquico y que dispone que el jefe de estado
“elige” a dedo las principales autoridades del “novo
orden”, y a las que no elige, podría nombrarles funcionarios para su control,
entonces puede concluirse que queda una sola autoridad a elegir, el presidente
de la República, pero con un patrón electoral corrupto y corruptible, un
sistema de votación acusado de fraudulento y unas autoridades electorales que
no tienen empacho en admitir que siguen “órdenes de arriba”.
De modo que si habría que buscarle un modelo
inspirador a la reforma constitucional propuesta, no serán los de Colombia y
Argentina, países en los cuales es previsible, no solo que la democracia se
profundice, sino que se blinde contra caudillos que deciden “darle” todo el
poder al pueblo, pero “quitándoselo”.
Y aquí es donde resulta imposible no admitir que
la reforma tiene su origen en la
constitución cubana, que a su vez se inspiraba en los textos
constitucionales de la Rusia soviética, la China comunista y los países de
Europa del Este, repúblicas que todos saben derogaron sus constituciones
socialistas a finales de los 80 y comienzos de los 90 y las sustituyeron por
otras de signo capitalista y democrático Las razones para tal cambio fueron que
el sistema político, social y económico adoptado, el socialista, promovió tal
catástrofe histórica, natural y humanitaria, que no hubo más camino que
sacudírselo como una maldición y tratar de recuperar el tiempo perdido
regresando al orden que durante toda la Guerra Fría fue condenado y objeto de
una cruzada de destrucción.
De modo que al optar por el modelo cubano al
reformar la Carta Magna y negarse a ver y admitir que la democracia es la
alternativa elegida por la mayoría de los países del continente y del mundo,
Chávez está apostando al fracaso de su proyecto, a observar impotente cómo
Venezuela se irá degradando y deteriorando al extremo de que desabastecimiento,
carestía, racionamiento y hambrunas serán los sellos distintivos de la
revolución.
La gran pregunta es: ¿Cómo un hecho histórico de
data reciente, que fue presenciado, notariado y asumido por el conjunto de la
sociedad, no les dice nada a los neomarxistas, es
negado como si fuera un espejismo, y puesto de nuevo en movimiento cuando en
realidad está muerto y, si una vez fracasó en el mundo de los vivos, lo hará
ahora en el de los difuntos? Evidentemente porque no se trata de un movimiento
político racional sino religioso, de esos que piensan que la realidad no existe
y puede ser sustituida por los dogmas de los filósofos utopistas y el
voluntarismo de los feligreses.
O sea, por todo lo que conduce al fracaso.
* Tomado
de www.analitica.com