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LA OPINION DE UN CIUDADANO DE LA CALLE

 

Por: Carlos Marín Gutiérrez

viejocarma@yahoo.com

 

 

Y

o también quiero opinar. Espero que no me descalifiquen porque no soy ni seré nunca analista político. Veinticuatro horas después de cerradas las urnas ya ha corrido mucha tinta y se han hecho evaluaciones a granel sobre la jornada electoral y sus resultados. Sin embargo, me acojo a la libertad de opinión y presento mi percepción personal.

 

Afirmar que la jornada fue una demostración de cultura democrática, no me parece que corresponda a la realidad. Construir una verdadera democracia es tarea difícil y exige tiempo, con mayor razón en un medio inculto, indisciplinado y voluble como el nuestro. Y si a esto se le agrega el hecho de que los partidos políticos han sido reemplazados por grupos sin ideario político y sin programas definidos, y que se mueven alrededor de una persona con cierta capacidad de liderazgo, el futuro no es muy promisorio en términos de cultura democrática.

 

De otro lado, si las acusaciones personales ocupan el lugar de las ideas políticas y de los programas de gobierno, las campañas se tornan sucias como acaba de suceder, el proceso democrático pierde legitimidad y nobleza electoral.

 

Tampoco se puede restar importancia a la inmadurez y volubilidad de nuestro pueblo raso. Porque si a la incultura su suman condiciones de extrema pobreza y desempleo, las personas son fácilmente influenciables para que cambien su voto, lo vendan por un bulto de cemento o un tarro de pintura, o la promesa de un empleo.

 

Ya el lunes, día siguiente al de elecciones, se tenía noticia de denuncias y hasta de actos violentos por fraude o maniobras en los puestos de votación para favorecer a uno u otro candidato.

 

En este contexto resulta difícil reconocer que la jornada electoral del domingo anterior haya constituido un avance en la construcción de una democracia madura y estable. El simple hecho de que la jornada haya transcurrido en completa paz, con muy pocas excepciones, y que la guerrilla no haya logrado salirse con las suyas, tampoco es suficiente, ni razón poderosas para autocalificarnos de ejemplo para otras naciones.

 

Los que no salieron elegidos aceptan su derrota, duermen tranquilos mientras se presenta una nueva oportunidad. Los que fueron elegidos son los que deben estar sufriendo fuertes dolores de cabeza. Responsabilidad ante sus electores, estrategia, recursos y cronograma para cumplir lo que prometieron; es lo que los desvelaría a cualquiera que sea medianamente honesto, tanto, en sus promesas, como en sus ejecutorias.

 

Estoy convencido de que nuestros pueblos y ciudades necesitan alcaldes que hayan recibido formación gerencial, con capacidad y vocación de administradores. Un político, mucho menos un politiquero, es augurio positivo de un futuro promisorio para un pueblo o para una ciudad. Por supuesto que ningún país es gobernado por filósofos, sino por políticos y por esa misma razón a éstos hay que exigirles honestidad, capacidad y experiencia en gestión pública.

 

La elección popular de gobernadores, alcaldes y miembros de las JAL constituyen un grana avance, pero el sólo hecho del voto popular no es ganancia de madurez y de progreso en la construcción inteligente de una verdadera democracia.

 

Se dice que ha crecido la participación ciudadana. Puede ser que el volumen de la votación haya sido mayor, pero tampoco este un dato positivo en términos de madurez política. El aumento o la disminución de la participación ciudadana es totalmente circunstancial; depende en buena medida de la persona del candidato o del momento histórico que vive el país o una ciudad en particular.

 

En el proceso electoral se advirtió un vacío: el tema de la educación. No conocimos propuestas serias sobre cobertura, oferta de oportunidades, mejoramiento de la calidad, democratización del crédito educativo. Y eso es de lamentar toda vez que se trata de algo absolutamente prioritario en nuestra nación. Sin niveles aceptables de escolaridad, tampoco es posible avanzar en el camino del voto responsable, voto que elija a los hombres y mujeres mejor capacitados para gobernar y que gobernando sirvan con transparencia a todo el pueblo, y no sólo a sus amigos.

 

Pienso que cada elección popular debe constituir una lección, un  aprendizaje, una experiencia positiva para un pueblo y para su clase dirigente. No se trata de salir del paso diciendo que las elecciones se realizaron en paz y sin violencia, sino de hacer historia patria.

 

No conozco datos exactos sobre la abstención, pero se reconoce que continúa siendo muy alta y que tiende más a crecer que a bajar. La cultura del voto libre que elige a los gobernantes, no se afianza. El fenómeno es preocupante. Además, resulta curioso e inexplicable que quienes no votan son los primero en denigrar del elegido y en acusarlo de incapacidad o de mala fe.

 

Los medios tampoco cumplen una misión positiva. Les interesa más tirar la lengua a los candidatos y atizar las disputas entre ellos que orientar a los ciudadanos en una evaluación seria y objetiva de los programas y propuestas. Una buena parte de responsabilidad recae indudablemente sobre los medios escritos y hablados, tanto en el etapa previa a las elecciones, como en el análisis de los resultados. Resulta sospechoso que cada medio se ufana de contar con una empresa encuestadora de su entera confianza para que respalde con sus resultados sobre intención de voto la dirección política en la cual ellos se mueven.

 

Pensando con el deseo se nos ocurre augurar que lo sucedido durante la campaña política y en el propio día de la votación, y también en las ejecutorias de los elegidos, sea evaluado con serenidad y objetividad, sin dejar un solo momento de juzgarlo todo a la luz del bien común y del progreso de nuestra nación colombiana.  

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