LO QUE HE APRENDIDO EN LA VIDA

 

Por: Carlos Alberto Segovia Armenta

casegovia3@hotmail.com

 

“Hastiado estoy de vivir. Dejen que de rienda suelta a mis quejas. Hablaré en mi dolor y en mi amargura. Diré a Dios: “No te limites a condenarme: dime porque lo haces”. (Job 10:1-2 – Versión la Biblia al Día)

 

 

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adie está exento de la tragedia o la desilusión; ¿Dios mismo no lo estuvo? Así como el Viernes Santo demolió la creencia instintiva de que esta vida debería ser justa, el Domingo de Resurrección llegó después con su asombrosa clave para la solución del acertijo del universo. Una poderosa luz resplandeció, brotando de las mismas tinieblas. Es difícil hacer desaparecer nuestro anhelo primario de justicia ¿Quién de nosotros no suspira de vez en cuando por un poco más de justicia en este mundo? Ni siquiera los milagros más grandes resuelven de manera definitiva los problemas de esta tierra, puesto que todas las personas que reciben una sanidad física terminan por morir como los demás. Necesitamos algo mayor que los milagros. Necesitamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, y la injusticia no desaparecerá hasta que los tengamos.


Mientras trabajaba en el estudio del libro de Job, me hice el propósito de conversar en cuanto fuera posible con personas que se sintieran traicionadas por Dios de una u otra manera. Cuando llegó el momento de escribir acerca del libro de Job, decidí entrevistar a un hombre que conozco, y cuya vida guarda ciertos rasgos de similitud con algunos acontecimientos vividos por Job. Lo llamaré para proteger su identidad, Juan Sebastián.  Después de años de prepararse para ser psicólogo, había renunciado a una profesión lucrativa para comenzar un ministerio urbano. Los problemas de Juan Sebastián comenzaron hace algunos años cuando su esposa descubrió que tenía un quiste en un seno. Los cirujanos se lo extirparon, pero dos años más tarde el cáncer se le había extendido a los pulmones.


Una noche, en medio de esta crisis, mientras Juan conducía su auto por las calles de la ciudad con su esposa y su hija de doce años, un hombre que conducía en estado de ebriedad salió de la senda central para chocar de frente con su auto. La esposa de Juan recibió una fuerte sacudida, pero salió ilesa. Su hija resultó con un brazo roto y varias heridas en la cara por causa del vidrio del parabrisas. Fue él quien recibió la herida peor; un fuerte golpe en la cabeza.


Después del accidente, Juan Sebastián nunca sabía cuándo le iba a comenzar el dolor de cabeza. No podía trabajar durante todo el día, y algunas veces se quedaba desorientado y olvidadizo. Peor aún; el accidente le afectó la vista permanentemente. Uno de sus ojos se movía fuera de control, negándose a enfocar su visión. Desarrolló visión doble, y apenas podía bajar un tramo de escaleras sin ayuda.

 

¿Me podrías hablar acerca de tu propia desilusión? _ le pregunté _, ¿Qué has aprendido que podría ayudar a otra persona que esté pasando por momentos difíciles?


Aquel hombre guardó silencio por un tiempo que me pareció eterno. Por un instante me pregunté si no estaría pasando por uno de sus “baches” mentales. Por fin dijo: “Si te he de decir la verdad, Carlos, yo no he sentido desilusión alguna con Dios”. Me sorprendí y esperé su explicación. “Esta es la razón: Primero con la enfermedad de mi esposa y después sobre todo con el accidente, aprendí a no confundir a Dios con la vida. No soy ningún estoico. Estoy tan molesto por lo que me sucedió como lo puede estar cualquier persona. Me siento libre para insistir en lo injusta que es la vida y expresar todo mi dolor y enojo. Pero creo que Dios se siente igual que yo con respecto a ese accidente: adolorido y enojado. No lo culpo a Él por lo que ocurrió. He aprendido a ver la realidad espiritual por encima de la realidad física de este mundo. Tenemos tendencia a pensar que la vida debería ser justa, puesto que Dios es justo. Pero Dios no es la vida. Y si confundo a Dios con la realidad física de la vida _ por ejemplo, esperando tener siempre una salud perfecta _, entonces me pongo yo mismo en el camino hacia una desilusión aplastante. La existencia de Dios; incluso su amor por mí, no dependen de mi buena salud. Para serte franco, he tenido más tiempo y oportunidad de mejorar mi relación con Él durante mi época de limitación física, que antes”.

 

Antes de marcharse se inclinó hacia mí con un último pensamiento: “Te reto a que vuelvas a tu casa y leas de nuevo la historia de Jesús ¿Acaso fue “justa” la vida con Él? En mi opinión, la cruz demolió para siempre la suposición básica de que la vida es justa”. Juan Sebastián tenía razón al decir que la cruz dejó resuelto este asunto para siempre.

 

Un amigo mío, mientras luchaba por creer en un Dios amoroso en medio de grandes sufrimientos y angustias, se desahogó con estas palabras: “¡La única excusa de Dios es el Domingo de Resurrección!”. Sus palabras no son teológicas, y son duras, pero dentro de ellas se cierne una verdad. Aunque la cruz de Cristo haya vencido el mal, no venció la injusticia. Para eso hizo falta la Resurrección. Algún día, Dios restaurará toda la realidad física al lugar que le corresponde dentro de su Reino. Hasta entonces sería bueno que recordásemos que la vida de todos transcurre en Sábado Santo.  

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